Abrir mi propio local de jazz era mi
sueño desde que comencé a acudir al «Balas negras», uno de esos bares del
centro en los que, a las peores horas de los peores barrios, se daba cita la
mejor gente. Solo que yo, por aquel entonces, no era la «mejor gente». En
realidad, he de admitirlo, era un jodido hijo de puta capaz de apagarle el
aliento a cualquier incauto, siempre y cuando eso me granjeara unos cuantos
billetes más en el bolsillo. En el negocio de la calle y sus miserias, la
escala jerárquica es tan cruel como la trófica, y más te vale ser el depredador
que el depredado.
Mis inicios en las calles de Ciudad Gris
no fueron amables, pero para quién pueden serlo en una ciudad como la mía. El
desempleo, la corrupción, la miseria, la violencia… cuando una ciudad emerge
sobre semejante lodazal pocas opciones quedan para crecer que abandonarte al
lado oscuro de la sociedad, el único en el que puedes prosperar y no
convertirte en un paria más, en un engranaje prescindible de una maquinaria que
chirria por todas partes. Yo lo logré gracias a Carusso cuando, navaja en mano,
traté de ganarme una comida caliente, una cajetilla de cigarros y un par de
cervezas a costa de su cartera. Tenía quince años y él sobrepasaba con creces
la cuarta década.
La luz tartamuda de la farola refulgía en
el filo argénteo de la navaja que temblaba en mi mano, mientras le pedía que me
diera la cartera y el reloj. Él paseaba por una de las callejas más desérticas
de la ciudad a deshoras, por lo que aquel hecho y el conocerme esas calles como
la palma de mi mano jugaban a mi favor. ¿Qué demonios pretendía alguien
paseando a esas horas de la noche por el barrio si no era llamar la atención de
cualquier delincuente? Y ahí estaba yo, para demostrar que el más mínimo
descuido en una urbe como Ciudad Gris se paga caro. Pasear por allí a las dos
de la mañana, con las manos enfundadas en un abrigo que costaba dos salarios de
cualquier obrero era un jodido descuido, uno gordo, uno que le iba a costar la
cartera, el reloj y si hubiera sido de mi talla, incluso el puñetero abrigo de
marras.
—¿Cómo te llamas, chaval? —me preguntó
con un tono de voz sobrio, cuando yo, colocando el filo de la navaja sobre su
gabán a la altura del pecho, le pedí que me diera la cartera y el reloj.
—¡¿Y a ti qué coño te importa, cabrón?!
¡Suelta lo que te he dicho, hijo de puta, o te rajo!
Carusso
afinó una sonrisa que restalló en la noche más acerada aún que el filo de mi
navaja. Una sonrisa que, dadas las circunstancias, solo podía lucir alguien que
no temiera a la muerte, un loco o quien que se creyera con el control de la
situación. ¡Joder! He de admitirlo, la navaja comenzó a temblar levemente en la
sudorosa palma de mi mano. Sudaba. Y estábamos a bajo cero.
—¿Eres del barrio? Estoy buscando a
alguien —continuó con la misma tranquilidad.
—Estás buscando que te abra el pecho,
tarado —repliqué.
Carusso
abrió la boca levemente, lo justo para dejar escapar un suspiro
condescendiente, quizá una breve frase con la que volver a rebatirme, pero
antes de que dijera nada una voz abrió la noche como en una cuchillada.
—Si no le das al chaval lo que te ha
pedido, a lo mejor a mí sí que me lo das. ¡Eh, payaso!
Todos
en el barrio y más allá de él conocíamos a Pierre, un descendiente de
inmigrantes gabachos que trapicheaba con farlopa, controlaba a varias
meretrices y era habitual de los casinos del norte. Una leyenda de cuarenta y
tantos, muchos más que los que se solían cumplir entre los que vivían en la
calle, y que seguramente había estado esperando en las sombras a que
desvalijase a aquel tipo, para después hacerme lo propio a mí.
Era
lógico pensar que ante la pasividad de Carusso y mi reticencia a convencerle
con un golpe de muñeca que abriera la tela de su abrigo y la piel que cobijaba,
decidió salir de su escondite para asegurarse el botín. Y, además, a él sí que
le venía bien la talla del gabán de Carusso.
—Venga, señorito, ¿me va a dar a mí lo
que no le quiere dar al muchacho? No pienso pedirlo una vez más —le pidió una
vez más, palpando con la mano derecha la cadera de su chaqueta a la altura del
cinturón, donde un característico relieve tomo presencia en forma de culata
cuando Pierre presionó la tela de la chaqueta.
El
rictus de Carusso no varió. Y de hacerlo, no fue sino para ampliar levemente el
contorno de aquella sonrisa de lobo; de lobo complacido, de lobo satisfecho, de
lobo que saborea la sangre antes incluso de haber dado el primer bocado.
—Sí, a ti sí que te lo voy a dar.
Carusso
extrajo la mano del bolsillo empuñando un revólver de cañón largo, que
resultaba imposible que cupiera del lugar del que lo sacaba. Resultaba evidente
que el fondo del bolsillo lo llevaba abierto para, veladamente, fingiendo tener
la mano metida por el frío, aferrar la culata del revolver que llevaría
prendido del cinturón.
Pierre
ni siquiera obtuvo el tiempo necesario para reaccionar. Sus sesos se
desparramaron a lo largo de la calle, dejando tras de sí un cuerpo laxo y ese
gesto de sorpresa de quien descubre que la vida es un chiste y muere sin
encontrarle la gracia.
El estruendo de la detonación fue
engullido en un eco sordo, que reverberó por las paredes del callejón sin
lograr que, en ni una sola de las ventanas se asomara un curioso; así era Ciudad
Gris.
Yo,
aterido y sorprendido, aún con la navaja en la mano, había reculado hasta dar
con mis posaderas en un cubo de basura que rodó por el suelo, esparciendo
bolsas de pescado podrido, que extendieron un aroma mefítico que aliñaba con
aún más desagrado una secuencia que no precisaba de tal aderezo para resultar
desconcertante.
Con
calma, observando el cuerpo exánime del gabacho como quien contempla un cuadro
abstracto, tratando de encontrarle el más mínimo significado, Carusso volvió a
enfundar su revólver en el interior del bolsillo. Tras hacerlo, con la misma
calma con la que realizaba todos sus movimientos me miró. Aún sonreía. Yo, al
igual que el pobre Pierre, no le encontraba la gracia al chiste.
En
mi mano, el filo de la navaja reblaba como un adolescente en un lupanar.
Si
aquel hombre, flaco como un arañazo y de sonrisa de lobo, había sido capaz de
liquidar con tal sencillez al tipo más peligroso del barrio, qué sería capaz de
hacerme a mí, un gusarapo insolente e inexperimentado, que trataba de
sobrevivir en las calles en las que, en aquel preciso instante, a escasos
metros de mí, perdía temperatura el cuerpo de alguien que me aventajaba
sobremanera en rutina, valor y petulancia.
Carusso
miró en derredor con aire de extrañeza, como si no fuera capaz de recordar qué
coño hacía allí en aquel momento. Me miró y volvió a regalarme esa sonrisa lobuna
en la que resplandecía el brillo de la medianoche.
—¿Cómo te llamas, muchacho?
La
navaja casi brincaba en mi mano.
—Samuel —respondí con un hilo de voz,
cerrando con mayor fuerza los dedos alrededor de la cacha de la navaja, que
parecía tener vida propia.
—Guarda eso, anda. No vayas a cortar
esas manos tan delicadas. ¿Te han dicho alguna vez que tienes manos de
pianista? —continuó con una serenidad pasmosa.
Negué
con la cabeza mientras recogía el brazo, cerraba la navaja con las dos manos y
me la guardaba en el bolsillo.
—¿Te gusta el jazz?
No
respondí. Era una pregunta sencilla, estúpidamente sencilla, pero no entendía
por qué me la hacía en aquel momento. Aquello exasperó a Carusso, y por primera
vez descubrí cierto deje de incomodidad en sus facciones, aún serenas.
—La pregunta es sencilla, ¿te gusta el
jazz?
Me
encogí de hombros. Del jazz solo conocía las notas que escapaban de algunos
bares en los que no se me permitía la entrada por edad, y del que solían salir
desharrapados y borrachos, además de mujeres con el rímel corrido y el
pintalabios deslavado, a los que no merecía la pena seguir por la calle.
—Vente conmigo, te voy a llevar a un
lugar que seguro que te gusta —me ordenó, girando sobre sus pies para
descaminar los pasos que le habían llevado hasta el lugar donde me había
encontrado a mí, y más tarde a Pierre.
Dudé.
—Solo te lo voy a decir una vez. Te
estoy dando la oportunidad de no ser ni acabar como el idiota de Pierre. Un memo
con las gónadas enormes, pero imbécil, al fin al cabo. Más al fin que al cabo,
como puedes observar. Se metió con quien no debía. Sin más. Y ahora, vámonos de
aquí. La policía es lo suficientemente lista como para saber cuándo tiene que
tardar en aparecer, pero al final lo hacen, y no quiero estar por aquí cuando
dos gordos uniformados lleguen y empiecen a rascarse la coronilla mirando a un
lado y a otro, como si les interesara realmente qué le ha sucedido a este estúpido
—razonó.
—No me gusta jugar con fuego —me atreví a
decir, cuando comprendí que yo no era una víctima potencial para aquel tipo.
—En esta ciudad, si no juegas con fuego
te mueres de frío.
Continuó
caminando y yo lo hice por detrás, a un par de prudentes metros, persiguiendo
su sombra, que se extendía alargada y tenuemente corva, como la de un águila
que otea desde el arrecife una potencial presa. Incluso dándome la espalda y
sabiendo que yo llevaba una navaja en el bolsillo, caminaba tranquilo, sin
prisas, como si paseara por un boulevard del centro mirando escaparates. Aunque
no podía verle el rostro, estaba convencido de que seguía sonriendo.
Caminamos hasta que cruzó un taxi frente
a nosotros y él lo detuvo con la mano. Nos introdujimos en el asiento trasero y
Carusso pidió al taxista que nos llevara hasta el centro, concretamente hasta
el local de jazz “Balas negras”; recuerdo que pensé que casi sonaba poético
que, después de lo sucedido, me llevara a un lugar así.
Veinte
minutos más tarde el taxi se detenía frente a un edificio austero, de fachada
de ladrillo y ventanas pequeñas. En la parte inferior, varias bombillas amarillas
serpenteaban alrededor de una puerta con un cristal hialino que dejaba entrever
la luz azulada que alumbraba con tibieza el interior.
—Aún no me has dicho si te gusta el jazz,
Samuel. Por cierto, todos me llaman Carusso —dijo con cierto orgullo, mientras
caminábamos hacia la puerta del local.
—Me gusta la música —me limité a
contestar, sin saber muy bien si se acercaba a la respuesta que él quería
escuchar; si algo me había quedado meridianamente claro desde que le había
conocido, no llegaba a una hora atrás, es que no era un hombre que aceptara
cualquier cosa de buen grado. Sabía lo que quería y podía tener, y todo aquello
que escapaba de su control, como el infeliz de Pierre, acababa como el
aspirante a hampón que seguramente ya estaría enfundado en una bolsa de
cadáveres.
—Es suficiente —concluyó, para después
empujar la puerta del local dejar que la luz azulada del interior se proyectara
hacia la calle, acompañada de las notas de una canción que desconocía,
entonadas por una voz rugosa, alquitranada, viciada por cientos de noches de
bourbon y humo, y que hablaba de una mujer que le había dejado atrás, para huir
con su mejor amiga a Nueva Orleans.
Nos sentamos en una mesa libre, cerca de
la barra y el camarero, avezado por las costumbres de los habituales, nos
acercó un vaso ancho esmerilado con tres dedos de whiskey sobre el que flotaban
dos desiguales icebergs de hielo albo.
—¿Qué le pongo a él? —preguntó el
camarero a Carusso, en lugar de preguntármelo directamente a mí.
—¿Qué quieres tomar, muchacho? —me
preguntó.
—Un refresco, quizá —dejé en el aire.
Otra
vez aquella sonrisa de lobo.
—No soy tu puto padre, pues pedir lo que
quieras.
—Una cerveza.
El
camarero sonrió, Carusso sonrió, yo sentía la amenaza de que mis calzoncillos
cambiaran de color.
La noche transcurrió con Carusso
inoculándome doctos conocimientos sobre las canciones y los instrumentos que se
iban alternando sobre el escenario de un local que, como había sospechado a los
pocos minutos de estar ahí, le pertenecía igual que le pertenecían las almas de
muchos de los parroquianos habituales del «Balas negras».
Carusso
era un enamorado del jazz. Escucharlo en vivo y, cuando el local se vaciaba,
subir al escenario con una de las trompetas de su ingente colección, era lo
único que realmente le motivaba. El hecho de haberse convertido en el mejor y
más experimentado de los sicarios de Ciudad Gris era, como él bien decía, una
forma como otra cualquiera de ganarse la vida. Carusso, con la misma
tranquilidad con la que apretaba el gatillo, comparaba el nutrir las calles de
fiambres o el fondo de la bahía con tipos calzando hormigón, con los remiendos
del sastre, el loncheado del charcutero o la profesionalidad y discreción de la
doctora de las Urgencias del hospital, donde más de una vez le habían dado
puntos a sus cortes o extraído alguna bala.
Defendía
su profesión, más allá de la regencia del «Balas negras», como un mero modo de
ganarse la vida y poder dedicar su tiempo libre a escuchar jazz y tocar solos
de trompeta con el local vacío.
Cuando,
al final de la noche, tan solo permanecíamos él y yo en el local, y ascendió al
escenario con una de sus trompetas y estuvo tocando, ante mi atenta mirada,
durante más de una hora, me parecía imposible que aquel trompetista fuera la
misma persona que había descerrajado un disparo en la cabeza de un inmigrante
francés en un barrio deplorable, dejando el cuerpo inerme a merced de la noche
y de las ratas de alcantarilla. Sobre el escenario resplandecía, era otro,
incluso sus facciones afiladas parecían suavizarse a merced de la placidez con
la que tocaba la trompeta y el modo en que lo alumbraban los focos que
proyectaban haces azulados sobre el centro de la tarima.
Ya en aquel primer encuentro tuve la
certeza de que la aparición de Carusso en mi vida no obedecía a la casualidad,
que el presunto albur con el que el destino da forma a sus caprichos, nos había
ubicado en el mismo lugar y momento, para que él fuera lo que no había tenido
desde que mi padre abandonara a mi madre en el catre de la pensión, con unos
billetes sobre la almohada y la sensación de que tampoco había sido para tanto.
Un mentor. Un referente. Eso era algo que jamás había tenido, era algo que
siempre había necesitado, y ahí lo tenía, sobre un escenario, alumbrado en
exclusividad por unos focos que bien podían haber sido en realidad esos rayos
de luz que proyectan desde el infinito una imagen sagrada.
A su lado lo aprendí todo. Desde apreciar
el jazz y hacer mis primeros pinitos con una de sus trompetas, tratando de
hacer que mis labios consiguieran esos ritmos entre 3 y 4 octavas, no sonaran
como gatos copulando, a llevar una vida medianamente ordenada y,
principalmente, a hacerme un hombre y un nombre en el negocio.
Durante
los primeros años, hasta que logré que mi barba fuera algo más que cuatro
ribetes despeluchados ensombreciéndome el mentón, sus clientes recelaban cuando
lo veían aparecer acompañado de un adolescente. Sin embargo, qué demonios, era
Carusso, el mejor y más eficaz sicario de la ciudad. Si había que temer a
alguien en Ciudad Gris, era a él. No obstante, a fuer de verme a su lado, los
hampones más importantes se fueron acostumbrando a mi presencia y, con el
tiempo y mi eficiencia como matón, a que estuviera al tanto de los pormenores
que engrasaban los engranajes de una ciudad que se movía por la mecánica del
miedo. Todo lo que realmente resultaba económicamente ventajoso en Ciudad Gris
era ilegal. Y habiendo, como en todos los aspectos de la vida, dos márgenes de
una misma calle, hombres como Carusso, que no se ponían de un lado u otro, eran
necesarios para compensar la balanza que mantenía en un delicado equilibrio
Ciudad Gris.
No
tenía hijos, ni mujer, aunque no le faltaban conquistas efímeras que rara vez
trascendían del mes de duración. Igual que para mí se convirtió en poco menos
que un padre, yo, para él, fui lo más parecido a un hijo que jamás hubiera
tenido. Por lo que la falta de pareja sentimental la suplió conmigo,
inculcándome todo cuanto sabía. Me lo contó todo sobre el oficio, sobre el
jazz, sobre el modo en saber separar lo uno de lo otro y lo voluble que podía
resultar el aliento cuando uno no sabía cómo hacerse respetar, y que jamás
había que considerar que existía un enemigo pequeño, cualquiera podía acabar
contigo. Bastaba ver la cicatriz que lucía en el torso de lado a lado, y que le
había craquelado un pescatero con problemas en el juego, para afirmarlo sin
riesgo al equívoco. Como él bien decía, tras un breve trago de whiskey y un
largo solo de trompeta, bastaba una décima de segundo de vacilación al soplar la
embocadura o no ajustar al milímetro la presión sobre los pistones, para echar
a perder un solo. Si era capaz de aplicar eso ahí fuera, en el mundo real,
tendría mucho ganado.
Con el paso de los años y sus doctos
conocimientos, no solo logré hacerme un hueco en las calles de Ciudad Gris,
sino que también logré convertirme en un buen trompetista. No llegué a alcanzar
la altura de Carusso, ni como sicario ni como trompetista, pero, salvo él,
nadie cometía el error de darme la espalda cuando plisaba el ceño o el relieve
de un revolver en el costado de mi gabán dictaba que estaba en horas de oficina.
A
tal punto llegó mi efectividad, «cacharro» en mano, que con el tiempo Carusso
me remitía a acordar tratos o ejecutarlos, sin necesidad de involucrarse él
mismo. Iba cumpliendo años y aunque el lobo no deja de ser fiero por mucho que
se agrise su pelambre y su intuición e inteligencia suplían otras carencias,
sus reflejos no eran los de antaño y sabía cuándo llega el momento de echarse a
un lado. Además, tenía el «Balas negras» y sus solos de trompeta, que ya no
solo interpretaba a puerta cerrada. Al cumplir los sesenta comenzó a tocar
frente a un grupo de habituales, más tarde, cuando corrió la voz por la ciudad
de la destreza de sus labios, el local comenzó a recibir clientes que únicamente
se llegaban al «Balas negras» por verlo tocar. Yo, no en pocas ocasiones, le
advertí sobre el peligro de exponerse bajo un foco con la platea sombreada por
la semioscuridad que reinaba durante sus actuaciones. Cualquier enemigo
—obviamente, ambos los teníamos por docenas— podía escudarse entre el anonimato
del abundante público que acudía y disparar cuando Carusso se encontrara
inmerso en el éxtasis de la interpretación. Cierto era que ambos habíamos ido
reclutando, al igual que él había hecho en su día conmigo, muchachos
desharrapados que se convertían en fieles escuderos y que hubieran liquidado a
cualquiera que lo hubiera intentado, pero solo un tiro hubiera bastado para
finiquitar la existencia del mayor y más temido y laureado de los sicarios de
Ciudad Gris.
Cuando le hablaba de esa posibilidad
Carusso hacía lo que siempre hacía cuando quería mostrar que estaba por encima
del bien, del mal, y de la determinación de cualquiera que quisiera robarle el
aliento.
—Si alguien tiene que matarme, que sea
mientras toco la trompeta. ¿No te gustaría morir tocando la trompeta? —me
respondía y preguntaba, mientras acariciaba el pabellón de alguna de sus
trompetas.
—Quizá viéndote tocar a ti —le seguía la
broma—. Soy consciente de que no voy a llegar a tocar la trompeta como tú y,
además, ya sabes qué es lo que realmente me gustaría para mi futuro. Te quiero
como a un padre, Carusso, pero no puedo hacerme viejo en el negocio. Yo siempre
seré el segundo de a bordo, no me temen como a ti, en el momento en que mis
facultades mengüen no va a faltar quien ponga precio a mi cabeza y, lo que es
aún más importante, habrá quien quiera cobrar el pellizco.
Carusso
asentía y, sin necesidad de más palabras que hicieran avanzar la conversación
sobre ruedas cuadradas, comenzaba a tocar la trompeta inundando el «Balas
negras» de esas melodías de jazz, influenciadas por la bossa y el soul, en las
que mi mentor se sentía tan a gusto.
Después
de vivir el milagro de cumplir los cuarenta había comenzado a barruntar cómo
debía ser mi salida del negocio. Pocos lo lograban. Seguramente porque pocos lo
hacían en su debido momento. Estiraban el chicle cuando estaba demasiado seco y
se partía. No pensaba cometer ese error, sobre todo después de casarme con
Greta, una de las camareras del «Balas negras» y el nacimiento de Ingrid y Nathan,
los gemelos. Había encontrado lo que Carusso halló conmigo, alguien en quien
volcar mis conocimientos, y no quería que éstos fueran el modo de sesgar una
carótida sin hacer ruido o cómo disparar a través de un cristal, teniendo en
cuenta el ángulo de variación de la bala al atravesarlo.
Un
local de jazz como el «Balas negras», pero en otro lugar que no fuera Ciudad
Gris, eso es lo que quería. Mi propio rincón en el jodido universo en el que
sentirme feliz y a salvo, en una ciudad pequeña, al otro lado del país o del
maldito planeta; poco importaba si lograba huir del eco de los disparos, de la
sangre en las palmas de mis manos. Había empezado a ahorrar para ello en el
preciso instante en que, tras matar a un bodeguero del sur, mientras sus hijos
desayunaban en la cocina a apenas diez metros de donde degollé al pobre diablo,
tomé conciencia de que mi fin, tarde o temprano, era vivir un final igual que
el de aquel desventurado.
—Lo dejo, Carusso. Me voy mañana mismo, al
amanecer. Ya lo tengo todo preparado.
Se
lo dije al final de uno de sus solos de trompeta, un jueves, día de descanso en
el local. Solo estábamos, él, yo y una botella de bourbon que mediaba. Carusso
había cumplido setenta y cinco hacía un par de semanas y a mí me quedaba un mes
para cumplir los cuarenta y cinco, un milagro de supervivencia que no pensaba
seguir prolongando.
—Tienes a Davis y a Marlon —continué,
refiriéndome a los dos jóvenes que habíamos adoptado como pupilos y que ya
tenían suficiente soltura y, principalmente, crueldad, como para tomar mi
relevo—. No te dejo tirado.
Carusso
se llevó la embocadura a los labios, dudó un instante, y volvió a separar la
boca de la trompeta, dejándola sobre la mesa que mediaba entre ambos.
—¿Me vas a decir adónde vas? —dijo en voz
baja, sin mirarme, hubiera jurado que el relumbre de una única lágrima restalló
en la comisura de sus ojos, pero no sé si el juramento sería del todo acertado.
Jamás le había visto llorar. Ni siquiera podía asegurar que supiera o pudiera
hacerlo.
—No —repliqué, consiguiendo que esbozara
una de esas sonrisas a las que ni la edad le había restado hielo.
—Has sido más que un amigo, más que un
pupilo.
—Lo sé.
—Recuérdame con cariño.
Aquella
revelación me conmovió. Fue la primera vez que lo vi como un ser humano, como
alguien capaz de tener sentimientos.
—Cada vez que sople mi trompeta.
Se
llevó la suya a los labios y entonó una balada triste, de candencia lenta y
notas prolongadas. Yo asistí en silencio a esa actuación pensando que sería la
última que disfrutaría en el «Balas negras». Qué equivocado estaba.
Habían pasado cuatro años y un día, como
las condenas de la cárcel, cuando en mi local de jazz, el «First Lady», ubicado
en una ciudad pequeña al otro lado del país, Marlon entró y se sentó en primera
fila, ignorando el cartel de reservado de la mesa, mientras Justin, un
saxofonista de labios gruesos y dedos veloces, entonaba los compases iniciales
del «Autum leaves».
Sorprendido,
pero no tanto como para temblar, me acerqué a él y me senté al otro lado de la
mesa, fingiendo una entereza que su presencia, súbita y sorpresiva, había hecho
flaquear.
—Supongo que incluso el mundo es pequeño.
—Supongo —respondió Marlon con cierta
arrogancia.
De
entre Davis y Marlon, siempre había considerado a este último como la apuesta
más arriesgada, nunca me había llegado a fiar del todo de él y de su desmedida
codicia. Carusso empero, lo prefería precisamente por eso. Afirmaba que
mientras su codicia se mantuviera equilibrada con el respeto y la certeza de
que gracias a él —a nosotros, cuando yo aún vivía en Ciudad Gris— lograría un
estatus que en otras circunstancias jamás hubiera ostentado, sería el secuaz
perfecto.
—¿Qué haces aquí? —pregunté sin dilación
ni deseo alguno de andarme con rodeos.
—¿En la ciudad, el barrio o tu local de
jazz? Es muy bonito, sabes. Muy diferente al «Balas negras». Más luminoso. La
luz azul del local de Carusso me da dolor de cabeza, ¿sabes? Joder, es
insoportable. La de este garito es más cálida. No sé, más familiar. Uno aquí se
siente como en casa.
Que
un tipo como Marlon hubiera empleado el término «familiar» no obedecía a la
casualidad. Aquella, y lo supe desde el inicio de su alocución, no era una
visita de cortesía y por primera vez en mucho tiempo me sentí vulnerable. Y la
culpa de que me sintiera de ese modo era esa palabra, que parecía declamada al
albur; «familiar».
—¿Qué haces aquí, Marlon? —pregunté de
nuevo, alicatando mis palabras con plomo.
—Carusso chochea, casi tiene ochenta
años y sigue rigiendo el negocio como si fuera un chaval, como si fuera un tipo
peligroso.
—Carusso sigue siendo peligroso
—repliqué—. Cuando esté a dos metros bajo tierra lo seguirá siendo, no lo
olvides.
Marlon
sonrió. No era una sonrisa como las de Carusso, pero resultó igual de intimidante.
—Lo sé, menudo hijoputa está hecho el
viejales.
—Has perdido el respeto, Marlon.
—¡Lo que he perdido es la puta paciencia!
Estoy hasta los huevos de Carusso. Tengo a mi propia gente, mis chavales, igual
que vosotros nos teníais a Davis y a mí…
—¿Cómo está Davis? —le interrumpí.
—Fiambre —atajó él con una frialdad que
me resultó repugnante—, pero eso no es lo que me trae aquí.
—¿Y qué te trae aquí?
—¿Puedo pedir un trago? Una cerveza
estaría bien.
—¡No!
Sentía
miedo, debo admitirlo, pero tenía que mostrar templanza; solo la frialdad y la
fama de falta de escrúpulos pueden apaciguar los ánimos con tipos como Marlon.
Y esa era la baza que debía jugar. Principalmente, porque no tenía otro as en
la manga que ese.
—Bueno, no importa. Mejor así, al grano
—asumió.
—Eso es.
—Tienes que liquidar al viejo.
Sabía
que eso era lo que quería, lo había sabido desde el principio, desde que se
había sentado con jactancia en la primera fila de mesas. Pero escucharlo de
viva voz consiguió que la sangre se espesara, gélida, en el interior de mis
venas.
—Estás como una puta cabra.
—Puede, pero el viejo lo está aún más.
Desde que te marchaste todo es diferente, no confía en nadie, siempre lleva el
revólver amartillado en la cartuchera, porque sabe que ya no tiene los reflejos
para sacarlo y amartillarlo antes de que el contrario dispare. Nos trata como a
la mierda, como si fuera un abuelo tacaño que no quiere dar la puta paga a sus
nietos. Mis muchachos y yo trabajamos y vivimos por migajas, Carusso está obsesionado
con el dinero desde que te fuiste. Dice que quiere retirarse del todo, largarse
de Ciudad Gris con sus putas trompetas y que necesita la pasta.
Y
lo que yo necesito es que lo quites de en medio —concluyó.
—¡Hazlo tú!
Marlon
me dedicó un gesto complaciente. El muy cabrón se sentía a gusto con aquella
conversación.
—¿Y ser el tipo de mató al rey de las
calles de Ciudad Gris? Ni de puta broma.
—El que algo quiere… —dejé en el aire.
—El que algo quiere se lo encarga a quien
puede hacerlo sin repercusiones —me rebatió—. Mi idea es seguir allí,
convertirme en el que tome el legado de Carusso y por eso mismo no puedo
hacerlo. El viejo tiene muchos amigos en la ciudad, muchos. Si me lo llevo por
delante le pondrían a mi pellejo el mismo precio que han puesto al tuyo.
En
aquel momento no pude evitar reflejar mi sorpresa. Una vez me había alejado del
cobijo del paraguas de Carusso era lógico pensar que alguno de los enemigos que
me había granjeado a lo largo de los años me la tendría jurada. Que hubieran
puesto precio a mi gaznate empero, significaba que había un acuerdo tácito
entre algunos de los peces gordos de la ciudad. Tipos que si apenas lograban
encontrar su polla buceando en su propia bragueta, difícilmente serían capaces
de encontrarme al otro lado del país. Pero Marlon me había encontrado. El
puñetero as estaba en su manga.
—Esto es sencillo, Samuel —entonó con un
volumen afable, que apenas se escuchaba entre las notas del saxo que fluían
desde el escenario—. Te llegas al «Balas negras». Sabes que el viejo te quiere
y que confía en ti más que en cualquiera de nosotros. Cuando estéis solos le
pegas un tiro y te vuelves aquí, en paz, a seguir sumando arrugas.
¿Qué
tal tus críos?
Aquella
pregunta electrificó el vello de mi nuca. Podía haber estallado en aquel
momento, haberle cogido por las solapas, sacado del local a empujones y pegado
tres tiros entre los cubos de basura del callejón adyacente a mi local. Tuve
que contenerme. No sabía si fuera esperaba alguno de sus chicos y, sobre todo,
la amenaza velada sobre mis «críos» era una invitación a pensar que quizá, en
aquel preciso instante, alguien podía estar cerca de mi casa, donde Greta y los
chicos estarían cenando, puede que incluso ya metidos en la cama, ajenos a los
ojos que, a unos metros de mi hogar, escrutaban la ventana más factible para
colarse en el interior.
—Ofrecen mucha pasta por tu pescuezo,
Samuel, pero no me importa, no me interesa eso. Ni siquiera tengo el menor
interés por decirle a nadie dónde estás, viviendo como si no tuvieras un
pasado. No me importa, de verdad. Pero mata al jodido Carusso —finalizó,
ajustándose los botones de su americana.
Tomé
aire. El ambiente estaba cargado por el humo de los cigarrillos y las palabras
de Marlon lo habían condensado aún más, hasta hacerlo irrespirable.
—No tienes ni idea de lo que me estás
pidiendo.
—Claro que lo sé —rebatió—. Y lo vas a
hacer. Lo vas a hacer porque no te queda otra. Porque te he encontrado. A ti y
a tu familia. Y esa es una baza ganadora, y lo sabes —concluyó, con la
satisfacción de quien sabe que no hay réplica posible que rebata su sentencia.
Ambos,
tanto él como yo, sabíamos que no tenía otra opción.
—El viejo es fiel a sus liturgias. Ya
sabes cuándo le vas a encontrar más vulnerable —detalló al paso de unos
segundos, metamorfoseados en eternidad.
—¿Los jueves? —pregunté.
—Sigue siendo el día de cierre del «Balas
negras». Se queda con sus jodidas trompetas a dar la murga a los gatos que se
asoman a la ventana que da al callejón. El viejo se alegrará de verte, habla de
ti muchas veces. Al menos se alegrará hasta que saques el cacharro y pongas fin
a su reinado.
Después
vuelves a desaparecer, te vienes aquí, con tus conciertos, tus hijos y tu
mujer, perdido en esta ciudad insignificante y si te visto no me acuerdo. Jamás
diré a nadie dónde ni cómo te he encontrado. Tienes mi palabra.
—¿Tu palabra?
—No es papel mojado, te lo aseguro
—rebatió sin ofenderse.
A
nuestra espalda el público asistente al concierto rompió a aplaudir una
magnífica versión de «Rapsodia in blue». Marlon palmeó la mesa, se unió a los
aplausos y después se levantó ajustándose la chaqueta al cuerpo y me alargó la
mano.
—¿Trato hecho, Samuel?
—Si después vuelvo a verte por esta
ciudad seré yo el que te mate a ti —le amenacé como respuesta, afirmativa, por
supuesto, no sacando de él sino un gesto de complacencia.
—Sabía que eras el hombre adecuado. Si
cumples esta será la última vez que me veas —prometió, para después recorrer el
frontal del escenario con la misma calma con la que había llegado. En una pose
que sin dudas pretendía imitar a la de Carusso, pero a la que le sobraba
altanería.
Jenny,
una de mis camareras, se acercó hasta la mesa con gesto de preocupación. Era
una mujer recia, acostumbrada a lidiar con borrachos y babosos que dejaban
escapar suspiros enviciados sobre su escote cada vez que les servía una
cerveza. Una mujer hecha a la noche que, sin embargo, había visto en Marlon
algo que le había preocupado, que trascendía de la peligrosidad habitual de los
borrachos de fin de semana y las peleas, a puños o a navaja, que alguna vez se
habían dado en el local.
—¿Todo bien, jefe?
—Todo bien.
—¿Un viejo amigo?
—No, no es un viejo amigo —contesté
lacónico, para después regalarle una sonrisa que no logró desdibujar el gesto
de preocupación que se había instalado en su rostro.
Hay momentos de la vida que no merecen la
pena que se procrastinen. No tenía opción alguna sobre mi futuro. De hecho, no
tenía opción posible si deseaba tener futuro. Así las cosas, seis días después
de la visita de Marlon me despedí a primera hora de la mañana de Greta y los
chicos, y con la excusa de la visita a un amigo que pasaba sus últimas horas en
el hospital de Ciudad Gris —una realidad envuelta en el papel de estraza con el
que se velan las mentiras que tememos desvelar— crucé el país de lado a lado,
de camino a la ciudad a la que me había jurado no regresar.
Alcancé el «Balas negras» cuando el sol
había cedido el testigo a una luna llena, gorda y presumida, en su puntual
derrota diaria. Aparqué dos manzanas al sur y me llegué hasta el local sabiendo
que, a pesar de ser el día de descanso del personal, la puerta que daba al
callejón por donde se sacaba la basura, las botellas vacías y a los borrachos,
estaría abierta.
El
sonido habitual que recordaba de los solos de Carusso, con notas desgajadas y
prolongadas, una octava por encima de lo habitual, como si quisiera mostrar que
hasta en la música era capaz de elevar su presencia por encima del resto, me
llegó nítido en el preciso momento en que abrí la puerta y pasé al local por detrás.
La penumbra de los días de cierre se extendía bruna, como un mal presagio, por
los almacenes anexos al bar y sala principal, donde la habitual luz azulada
iluminaba el escenario.
Desde
el almacén de bebidas se accedía directamente al interior de la barra y antes
de asomar a la puerta, donde la luz superior de la barra me anunciaría, extendiendo
mi sombra sobre el resplandor tenue que se extendía desde la barra hacia la
sala, me detuve para recolocar el revólver con el que pensaba culminar mi
traición aferrado al cinturón por la espalda. Un hombre como Carusso,
acostumbrado a escrutar la vestimenta de cualquiera que pudiera ocultar un
arma, era capaz de identificar el más mínimo relieve. Una deformación
profesional que no podía evitar ni entre los más cercanos, entre aquellos que
no suponían una amenaza para él; si es que un hombre como Carusso podía
permitirse el lujo de confiar en alguien hasta ese punto. Mi visita era la
prueba inequívoca de que no era así.
El solo de trompeta se detuvo suavemente
cuando mi silueta apareció recortada por la luz de la barra, evidencia de que,
aunque no esperaba llegada alguna, no iba a conceder la satisfacción a la
inesperada visita que yo representaba, de interrumpir la serenata súbitamente,
mostrando sorpresa o vulnerabilidad.
—Samuel —dijo con su voz de anciano,
rasgada y melosa, después de apartarse la embocadura de los labios y depositar
su trompeta sobre las piernas—. Samuel, mi buen Samuel. Vaya sorpresa —sumó,
con un tono de voz más propio de un abuelo que ve llegar a su nieto tras un
largo tiempo sin verlo, y anhela el abrazo del reencuentro que dé sentido a las
sístoles de un corazón que se limita a latir por costumbre.
—Sigues siendo un espectáculo sobre el
escenario —le adulé, mientras recogía una copa de las muchas que pendían, boca
abajo, sobre la barra y me servía una cerveza del tirador—. ¿Quieres una?
Carusso
negó con la cabeza. Su sonrisa de lobo, aquella que recordaba impresa perenne
en sus labios y que había alumbrado muchas de mis peores pesadillas durante mis
primeros años a su lado, había demudado en un gesto nostálgico, embadurnado por
la melancolía que embarra los sentimientos anclados en secuencias pretéritas;
recuerdos que componen la base de la nostalgia a la que nos aferramos cuando
poco nos queda más que el rememorar tiempos mejores.
Atravesé
la barra y salí a la sala exterior regalando un beso a la copa de cerveza que
me dejó un dedo de espuma impreso sobre el labio superior. Lo recogí con el
dedo índice de la mano derecha y me lo llevé a los labios. El sabor de la
espuma me dejó impreso en el paladar un sabor amargo, demasiado amargo. Quizá
una señal del destino que no supe interpretar…
Sujetaba la cerveza a la altura del
vientre y la bala, antes de alcanzarme el estómago, atravesó la copa de
cristal, provocando una explosión de cristales, espuma y gotas doradas, que se
elevaron ante mí y mi atónita expresión de estúpido. Trastabillé hacia atrás,
hasta que mi espalda golpeó la barra y me deslicé, apoyando el codo sobre ella,
para evitar desplomarme completamente. Al elevarme de nuevo el revólver que
ocultaba en la espalda, aferrado levemente en el cinturón, para que fuera más
sencillo extraerlo, cayó con estrépito al suelo. No obstante, poco importaba
ya. Confundido, miré hacia el escenario y una nueva sacudida, en forma de
disparo, me alcanzó en el mismo lugar en el que lo había hecho el primer y
acertado proyectil: el estómago.
Una
densa y cálida detonación se abrió paso en mi interior, extendiendo el fuego a
mordiscos por mis entrañas. Al otro lado de la sala, sobre el escenario, aún
con la trompeta sobre las piernas, Carusso continuaba apuntándome con su
revólver. Del cañón emergía una fina y serpenteante hilera de humo denso, que
la luz del escenario azulaba de una forma bella y elegante. Parecía una de esas
fotografías de gánsteres que anunciaban las obras de teatro del centro de la
ciudad, donde la gente pagaba por ver interpretaciones que realmente se daba en
calles que jamás visitarían.
Logré alcanzar una de las que rodeaban
las mesas más extremas del local y me derrengué sobre ella, dejando, en el
preciso momento en que me apoyé sobre las lamas que componían el respaldo de la
silla, varios regueros de sangre negra y espesa descendiendo por detrás. Mi
vientre, notablemente abultado desde que había comenzado mi vida fuera del
plomo al otro lado del país, se había convertido en una ensalada de sangre y
carne sonrosada, que se asomaba volteada por los dos orificios que habían
dejado, a apenas tres centímetros de distancia el uno del otro, los sendos
disparos que Carusso y su endiablada puntería a pesar de la edad, habían
acertado en mi vientre.
Sabía
por qué me había disparado en el estómago, cuando podía haber acertado a esa
distancia en el pecho o en la cabeza, finiquitando el fugaz encuentro en apenas
unos segundos. Un disparo en el abdomen, aún más si son dos, es una muerte
segura que, sin embargo, concede unos minutos de lucidez hasta que la sangre
emerge a borbotones por la garganta, los pulmones se encharcan y el corazón no
logra bombear los coágulos que se forman en el torrente sanguíneo. Lo que no
alcanzaba a comprender era el motivo por el que lo había hecho sin saber aún la
amenaza que yo representaba para él, aunque podía intuirlo. Un precio elevado,
eso es lo que habían puesto a mi cabeza cuando me había marchado de Ciudad
Gris, desapareciendo para siempre sabiendo nombres, apellidos, cargos y
asesinatos pactados, de algunos de los hombres más pudientes de la más podrida
de las urbes del país. Marlon no me había llegado a decir la cantidad exacta,
pero debía ser elevada para que Carusso, casi mi padre, hubiera pergeñado todo
aquello para darme caza. Sabía que mi cabeza corría peligro desde que salí del
resguardo de su alero, lo que jamás hubiera pensado era que fuera el hombre que
había sujetado durante décadas el paraguas que me protegía el que me fuera a
dejar exánime a merced de los buitres.
—Supongo que es mucho dinero el que dan
por mí —musité, con mi voz estentórea reverberando en el vacío del local.
Carusso
lloraba, y le odié por eso, le odié con todas mis fuerzas. Era la primera vez
en mi vida que lo veía llorar abiertamente, sin contener el flujo de lágrimas
que caían lentas y amalgamadas por un rostro cadavérico, como de quien muere en
vida.
—No es poco, pero no es por el dinero.
Aunque no voy a engañarte, lo cobraré —anunció, dejando el revólver con el que
me había sentenciado sobre el suelo, para volver a agarrar con ambas manos su
trompeta.
—Iba a matarte —confesé.
—Lo sé —respondió.
Y
al hacerlo, al comprender qué era lo que estaba dispuesto a hacer cuando había
regresado al «Balas negras», asumí la sinceridad de aquellas lágrimas que daban
lustre a su piel apergaminada. Era yo el que sufría el dolor físico, pero igual
de terrible debía ser el emocional.
—Te encontraron por mera casualidad
—comenzó a hablar en voz baja, casi un susurro—. Tenías que montar un puñetero
local de jazz, no podías haber elegido otro negocio, un local de jazz —se
lamentó—. Cuando me dijeron que te habían encontrado y el precio que se había
puesto a tu cabeza pedí a mis chicos que te protegieran, que eras como un hijo,
pero Marlon me dijo que hasta un hijo traiciona a su padre dado el caso. Lo
negué, le dije que era imposible.
Él
me dijo que en caso de que fuera su familia o yo no dudarías, no huirías de
nuevo para burlar a la parca sin tener que elegir, ni volverías para
prevenirme. Que me matarías sin pensarlo demasiado.
Lo
creí imposible y cerré el acuerdo. Marlon iría a tu local y te situaría en la
tesitura de tener que elegir qué hacer. En caso de que huyeras volverías a
estar libre, podías haber empezado de nuevo en otra ciudad con Greta y tus
chicos, pero si me traicionabas cobraríamos tu precio. A fin de cuentas, esto
es un negocio, siempre lo ha sido —asumió con melancólica resignación.
—¿Estarán bien? ¿Greta y mis hijos
estarán bien? —logré articular.
Carusso
se encogió de hombros.
—Nadie da nada por ellos, así que supongo
—replicó, volviendo a ser el hijo de puta frío y cruel que siempre había sido—.
No es algo que me importe, la verdad.
Fui
yo el que sonrió en aquella ocasión, sabía que Greta y los muchachos estarían
bien, incluso hubiera apostado a que él mismo se encargaría de que así fuera.
De mis labios emergió una bocanada de sangre oscura, de las que brotan desde
las entrañas, que me tiñó de grana la barbilla.
—Esto se acaba, Samuel —anunció Carusso,
como si yo no fuera consciente de la inminencia de mi fin—. ¿Recuerdas cuando
hablamos de que una forma de morir amable sería mientras toco mi saxo en este
escenario? Ha pasado mucho tiempo desde que hablamos de ello, ¿lo recuerdas?
Asentí
con la cabeza y tuve que hacer acopio de unas fuerzas que ya no poseía para
volver a alzar la vista, para poder, a través de una neblina caliginosa,
contemplar a Carusso sobre el escenario con su trompeta entre las manos.
—Me dijiste que aún sería mejor morir
escuchando uno de mis solos —sentenció sin añadir una sola palabra más,
llevándose la embocadura de su trompeta dorada a los labios, mientras
continuaba llorando. Era como si las lágrimas que se había negado a derramar
durante toda su vida hubieran encontrado un resquicio en el dique por donde
escapar y fueran a fluir hasta agotarse completamente.
Yo
me dejé llevar y mis últimos suspiros, entrecortados y leves, se elevaron en el
aire mecidos por el último solo de trompeta que pude disfrutar en el «Balas
negras», de los labios de Carusso.
No pude sino sentir agradecimiento por
aquel final, por aquel hombre que me había recogido de la calle y dado todo
cuanto tenía, incluso un fin con el que ya había fantaseado en el pasado. Tenía
razón, podía haber huido cuando Marlon llegó al local y amenazó a mi familia si
no me encargaba de Carusso. Quizá acepté porque deseaba hacerlo, porque muy por
dentro un alumno siempre desea superar al mentor, y en nuestro caso, en el
oficio, solo hay una manera de hacerlo.
Una
escala lenta en mitad del solo se llevó mi último aliento y la certeza de que
escuchar un experimentado solo de trompeta era la forma perfecta de concluir
una historia, un libro, una vida, una traición que moría sin saber si había
sido suya… o mía.
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