martes, 31 de octubre de 2023

2º PREMIO: JAZZ PARA PROSCRITOS, DE ERNESTO TUBÍA

 

      Abrir mi propio local de jazz era mi sueño desde que comencé a acudir al «Balas negras», uno de esos bares del centro en los que, a las peores horas de los peores barrios, se daba cita la mejor gente. Solo que yo, por aquel entonces, no era la «mejor gente». En realidad, he de admitirlo, era un jodido hijo de puta capaz de apagarle el aliento a cualquier incauto, siempre y cuando eso me granjeara unos cuantos billetes más en el bolsillo. En el negocio de la calle y sus miserias, la escala jerárquica es tan cruel como la trófica, y más te vale ser el depredador que el depredado.

 

      Mis inicios en las calles de Ciudad Gris no fueron amables, pero para quién pueden serlo en una ciudad como la mía. El desempleo, la corrupción, la miseria, la violencia… cuando una ciudad emerge sobre semejante lodazal pocas opciones quedan para crecer que abandonarte al lado oscuro de la sociedad, el único en el que puedes prosperar y no convertirte en un paria más, en un engranaje prescindible de una maquinaria que chirria por todas partes. Yo lo logré gracias a Carusso cuando, navaja en mano, traté de ganarme una comida caliente, una cajetilla de cigarros y un par de cervezas a costa de su cartera. Tenía quince años y él sobrepasaba con creces la cuarta década.

 

      La luz tartamuda de la farola refulgía en el filo argénteo de la navaja que temblaba en mi mano, mientras le pedía que me diera la cartera y el reloj. Él paseaba por una de las callejas más desérticas de la ciudad a deshoras, por lo que aquel hecho y el conocerme esas calles como la palma de mi mano jugaban a mi favor. ¿Qué demonios pretendía alguien paseando a esas horas de la noche por el barrio si no era llamar la atención de cualquier delincuente? Y ahí estaba yo, para demostrar que el más mínimo descuido en una urbe como Ciudad Gris se paga caro. Pasear por allí a las dos de la mañana, con las manos enfundadas en un abrigo que costaba dos salarios de cualquier obrero era un jodido descuido, uno gordo, uno que le iba a costar la cartera, el reloj y si hubiera sido de mi talla, incluso el puñetero abrigo de marras.

      —¿Cómo te llamas, chaval? —me preguntó con un tono de voz sobrio, cuando yo, colocando el filo de la navaja sobre su gabán a la altura del pecho, le pedí que me diera la cartera y el reloj.

       —¡¿Y a ti qué coño te importa, cabrón?! ¡Suelta lo que te he dicho, hijo de puta, o te rajo!

Carusso afinó una sonrisa que restalló en la noche más acerada aún que el filo de mi navaja. Una sonrisa que, dadas las circunstancias, solo podía lucir alguien que no temiera a la muerte, un loco o quien que se creyera con el control de la situación. ¡Joder! He de admitirlo, la navaja comenzó a temblar levemente en la sudorosa palma de mi mano. Sudaba. Y estábamos a bajo cero.

      —¿Eres del barrio? Estoy buscando a alguien —continuó con la misma tranquilidad.

      —Estás buscando que te abra el pecho, tarado —repliqué.

Carusso abrió la boca levemente, lo justo para dejar escapar un suspiro condescendiente, quizá una breve frase con la que volver a rebatirme, pero antes de que dijera nada una voz abrió la noche como en una cuchillada.

       —Si no le das al chaval lo que te ha pedido, a lo mejor a mí sí que me lo das. ¡Eh, payaso!

Todos en el barrio y más allá de él conocíamos a Pierre, un descendiente de inmigrantes gabachos que trapicheaba con farlopa, controlaba a varias meretrices y era habitual de los casinos del norte. Una leyenda de cuarenta y tantos, muchos más que los que se solían cumplir entre los que vivían en la calle, y que seguramente había estado esperando en las sombras a que desvalijase a aquel tipo, para después hacerme lo propio a mí.

Era lógico pensar que ante la pasividad de Carusso y mi reticencia a convencerle con un golpe de muñeca que abriera la tela de su abrigo y la piel que cobijaba, decidió salir de su escondite para asegurarse el botín. Y, además, a él sí que le venía bien la talla del gabán de Carusso.

      —Venga, señorito, ¿me va a dar a mí lo que no le quiere dar al muchacho? No pienso pedirlo una vez más —le pidió una vez más, palpando con la mano derecha la cadera de su chaqueta a la altura del cinturón, donde un característico relieve tomo presencia en forma de culata cuando Pierre presionó la tela de la chaqueta.

El rictus de Carusso no varió. Y de hacerlo, no fue sino para ampliar levemente el contorno de aquella sonrisa de lobo; de lobo complacido, de lobo satisfecho, de lobo que saborea la sangre antes incluso de haber dado el primer bocado.

      —Sí, a ti sí que te lo voy a dar.

Carusso extrajo la mano del bolsillo empuñando un revólver de cañón largo, que resultaba imposible que cupiera del lugar del que lo sacaba. Resultaba evidente que el fondo del bolsillo lo llevaba abierto para, veladamente, fingiendo tener la mano metida por el frío, aferrar la culata del revolver que llevaría prendido del cinturón.

Pierre ni siquiera obtuvo el tiempo necesario para reaccionar. Sus sesos se desparramaron a lo largo de la calle, dejando tras de sí un cuerpo laxo y ese gesto de sorpresa de quien descubre que la vida es un chiste y muere sin encontrarle la gracia.

 

      El estruendo de la detonación fue engullido en un eco sordo, que reverberó por las paredes del callejón sin lograr que, en ni una sola de las ventanas se asomara un curioso; así era Ciudad Gris.

Yo, aterido y sorprendido, aún con la navaja en la mano, había reculado hasta dar con mis posaderas en un cubo de basura que rodó por el suelo, esparciendo bolsas de pescado podrido, que extendieron un aroma mefítico que aliñaba con aún más desagrado una secuencia que no precisaba de tal aderezo para resultar desconcertante.

Con calma, observando el cuerpo exánime del gabacho como quien contempla un cuadro abstracto, tratando de encontrarle el más mínimo significado, Carusso volvió a enfundar su revólver en el interior del bolsillo. Tras hacerlo, con la misma calma con la que realizaba todos sus movimientos me miró. Aún sonreía. Yo, al igual que el pobre Pierre, no le encontraba la gracia al chiste.

En mi mano, el filo de la navaja reblaba como un adolescente en un lupanar.

Si aquel hombre, flaco como un arañazo y de sonrisa de lobo, había sido capaz de liquidar con tal sencillez al tipo más peligroso del barrio, qué sería capaz de hacerme a mí, un gusarapo insolente e inexperimentado, que trataba de sobrevivir en las calles en las que, en aquel preciso instante, a escasos metros de mí, perdía temperatura el cuerpo de alguien que me aventajaba sobremanera en rutina, valor y petulancia.

Carusso miró en derredor con aire de extrañeza, como si no fuera capaz de recordar qué coño hacía allí en aquel momento. Me miró y volvió a regalarme esa sonrisa lobuna en la que resplandecía el brillo de la medianoche.

       —¿Cómo te llamas, muchacho?

La navaja casi brincaba en mi mano.

       ­—Samuel —respondí con un hilo de voz, cerrando con mayor fuerza los dedos alrededor de la cacha de la navaja, que parecía tener vida propia.

       —Guarda eso, anda. No vayas a cortar esas manos tan delicadas. ¿Te han dicho alguna vez que tienes manos de pianista? —continuó con una serenidad pasmosa.

Negué con la cabeza mientras recogía el brazo, cerraba la navaja con las dos manos y me la guardaba en el bolsillo.

       —¿Te gusta el jazz?

No respondí. Era una pregunta sencilla, estúpidamente sencilla, pero no entendía por qué me la hacía en aquel momento. Aquello exasperó a Carusso, y por primera vez descubrí cierto deje de incomodidad en sus facciones, aún serenas.

       —La pregunta es sencilla, ¿te gusta el jazz?

Me encogí de hombros. Del jazz solo conocía las notas que escapaban de algunos bares en los que no se me permitía la entrada por edad, y del que solían salir desharrapados y borrachos, además de mujeres con el rímel corrido y el pintalabios deslavado, a los que no merecía la pena seguir por la calle.

      —Vente conmigo, te voy a llevar a un lugar que seguro que te gusta —me ordenó, girando sobre sus pies para descaminar los pasos que le habían llevado hasta el lugar donde me había encontrado a mí, y más tarde a Pierre.

Dudé.

       —Solo te lo voy a decir una vez. Te estoy dando la oportunidad de no ser ni acabar como el idiota de Pierre. Un memo con las gónadas enormes, pero imbécil, al fin al cabo. Más al fin que al cabo, como puedes observar. Se metió con quien no debía. Sin más. Y ahora, vámonos de aquí. La policía es lo suficientemente lista como para saber cuándo tiene que tardar en aparecer, pero al final lo hacen, y no quiero estar por aquí cuando dos gordos uniformados lleguen y empiecen a rascarse la coronilla mirando a un lado y a otro, como si les interesara realmente qué le ha sucedido a este estúpido —razonó.

      —No me gusta jugar con fuego —me atreví a decir, cuando comprendí que yo no era una víctima potencial para aquel tipo.

      —En esta ciudad, si no juegas con fuego te mueres de frío.

Continuó caminando y yo lo hice por detrás, a un par de prudentes metros, persiguiendo su sombra, que se extendía alargada y tenuemente corva, como la de un águila que otea desde el arrecife una potencial presa. Incluso dándome la espalda y sabiendo que yo llevaba una navaja en el bolsillo, caminaba tranquilo, sin prisas, como si paseara por un boulevard del centro mirando escaparates. Aunque no podía verle el rostro, estaba convencido de que seguía sonriendo.

 

      Caminamos hasta que cruzó un taxi frente a nosotros y él lo detuvo con la mano. Nos introdujimos en el asiento trasero y Carusso pidió al taxista que nos llevara hasta el centro, concretamente hasta el local de jazz “Balas negras”; recuerdo que pensé que casi sonaba poético que, después de lo sucedido, me llevara a un lugar así.

Veinte minutos más tarde el taxi se detenía frente a un edificio austero, de fachada de ladrillo y ventanas pequeñas. En la parte inferior, varias bombillas amarillas serpenteaban alrededor de una puerta con un cristal hialino que dejaba entrever la luz azulada que alumbraba con tibieza el interior.

      —Aún no me has dicho si te gusta el jazz, Samuel. Por cierto, todos me llaman Carusso —dijo con cierto orgullo, mientras caminábamos hacia la puerta del local.

      —Me gusta la música —me limité a contestar, sin saber muy bien si se acercaba a la respuesta que él quería escuchar; si algo me había quedado meridianamente claro desde que le había conocido, no llegaba a una hora atrás, es que no era un hombre que aceptara cualquier cosa de buen grado. Sabía lo que quería y podía tener, y todo aquello que escapaba de su control, como el infeliz de Pierre, acababa como el aspirante a hampón que seguramente ya estaría enfundado en una bolsa de cadáveres.

       —Es suficiente —concluyó, para después empujar la puerta del local dejar que la luz azulada del interior se proyectara hacia la calle, acompañada de las notas de una canción que desconocía, entonadas por una voz rugosa, alquitranada, viciada por cientos de noches de bourbon y humo, y que hablaba de una mujer que le había dejado atrás, para huir con su mejor amiga a Nueva Orleans.

 

      Nos sentamos en una mesa libre, cerca de la barra y el camarero, avezado por las costumbres de los habituales, nos acercó un vaso ancho esmerilado con tres dedos de whiskey sobre el que flotaban dos desiguales icebergs de hielo albo.

      —¿Qué le pongo a él? —preguntó el camarero a Carusso, en lugar de preguntármelo directamente a mí.

      —¿Qué quieres tomar, muchacho? —me preguntó.

      —Un refresco, quizá —dejé en el aire.

Otra vez aquella sonrisa de lobo.

      —No soy tu puto padre, pues pedir lo que quieras.

      —Una cerveza.

El camarero sonrió, Carusso sonrió, yo sentía la amenaza de que mis calzoncillos cambiaran de color.

 

      La noche transcurrió con Carusso inoculándome doctos conocimientos sobre las canciones y los instrumentos que se iban alternando sobre el escenario de un local que, como había sospechado a los pocos minutos de estar ahí, le pertenecía igual que le pertenecían las almas de muchos de los parroquianos habituales del «Balas negras».

Carusso era un enamorado del jazz. Escucharlo en vivo y, cuando el local se vaciaba, subir al escenario con una de las trompetas de su ingente colección, era lo único que realmente le motivaba. El hecho de haberse convertido en el mejor y más experimentado de los sicarios de Ciudad Gris era, como él bien decía, una forma como otra cualquiera de ganarse la vida. Carusso, con la misma tranquilidad con la que apretaba el gatillo, comparaba el nutrir las calles de fiambres o el fondo de la bahía con tipos calzando hormigón, con los remiendos del sastre, el loncheado del charcutero o la profesionalidad y discreción de la doctora de las Urgencias del hospital, donde más de una vez le habían dado puntos a sus cortes o extraído alguna bala.

Defendía su profesión, más allá de la regencia del «Balas negras», como un mero modo de ganarse la vida y poder dedicar su tiempo libre a escuchar jazz y tocar solos de trompeta con el local vacío.

Cuando, al final de la noche, tan solo permanecíamos él y yo en el local, y ascendió al escenario con una de sus trompetas y estuvo tocando, ante mi atenta mirada, durante más de una hora, me parecía imposible que aquel trompetista fuera la misma persona que había descerrajado un disparo en la cabeza de un inmigrante francés en un barrio deplorable, dejando el cuerpo inerme a merced de la noche y de las ratas de alcantarilla. Sobre el escenario resplandecía, era otro, incluso sus facciones afiladas parecían suavizarse a merced de la placidez con la que tocaba la trompeta y el modo en que lo alumbraban los focos que proyectaban haces azulados sobre el centro de la tarima.

 

      Ya en aquel primer encuentro tuve la certeza de que la aparición de Carusso en mi vida no obedecía a la casualidad, que el presunto albur con el que el destino da forma a sus caprichos, nos había ubicado en el mismo lugar y momento, para que él fuera lo que no había tenido desde que mi padre abandonara a mi madre en el catre de la pensión, con unos billetes sobre la almohada y la sensación de que tampoco había sido para tanto. Un mentor. Un referente. Eso era algo que jamás había tenido, era algo que siempre había necesitado, y ahí lo tenía, sobre un escenario, alumbrado en exclusividad por unos focos que bien podían haber sido en realidad esos rayos de luz que proyectan desde el infinito una imagen sagrada.

 

      A su lado lo aprendí todo. Desde apreciar el jazz y hacer mis primeros pinitos con una de sus trompetas, tratando de hacer que mis labios consiguieran esos ritmos entre 3 y 4 octavas, no sonaran como gatos copulando, a llevar una vida medianamente ordenada y, principalmente, a hacerme un hombre y un nombre en el negocio.

Durante los primeros años, hasta que logré que mi barba fuera algo más que cuatro ribetes despeluchados ensombreciéndome el mentón, sus clientes recelaban cuando lo veían aparecer acompañado de un adolescente. Sin embargo, qué demonios, era Carusso, el mejor y más eficaz sicario de la ciudad. Si había que temer a alguien en Ciudad Gris, era a él. No obstante, a fuer de verme a su lado, los hampones más importantes se fueron acostumbrando a mi presencia y, con el tiempo y mi eficiencia como matón, a que estuviera al tanto de los pormenores que engrasaban los engranajes de una ciudad que se movía por la mecánica del miedo. Todo lo que realmente resultaba económicamente ventajoso en Ciudad Gris era ilegal. Y habiendo, como en todos los aspectos de la vida, dos márgenes de una misma calle, hombres como Carusso, que no se ponían de un lado u otro, eran necesarios para compensar la balanza que mantenía en un delicado equilibrio Ciudad Gris.

No tenía hijos, ni mujer, aunque no le faltaban conquistas efímeras que rara vez trascendían del mes de duración. Igual que para mí se convirtió en poco menos que un padre, yo, para él, fui lo más parecido a un hijo que jamás hubiera tenido. Por lo que la falta de pareja sentimental la suplió conmigo, inculcándome todo cuanto sabía. Me lo contó todo sobre el oficio, sobre el jazz, sobre el modo en saber separar lo uno de lo otro y lo voluble que podía resultar el aliento cuando uno no sabía cómo hacerse respetar, y que jamás había que considerar que existía un enemigo pequeño, cualquiera podía acabar contigo. Bastaba ver la cicatriz que lucía en el torso de lado a lado, y que le había craquelado un pescatero con problemas en el juego, para afirmarlo sin riesgo al equívoco. Como él bien decía, tras un breve trago de whiskey y un largo solo de trompeta, bastaba una décima de segundo de vacilación al soplar la embocadura o no ajustar al milímetro la presión sobre los pistones, para echar a perder un solo. Si era capaz de aplicar eso ahí fuera, en el mundo real, tendría mucho ganado.

 

      Con el paso de los años y sus doctos conocimientos, no solo logré hacerme un hueco en las calles de Ciudad Gris, sino que también logré convertirme en un buen trompetista. No llegué a alcanzar la altura de Carusso, ni como sicario ni como trompetista, pero, salvo él, nadie cometía el error de darme la espalda cuando plisaba el ceño o el relieve de un revolver en el costado de mi gabán dictaba que estaba en horas de oficina.

A tal punto llegó mi efectividad, «cacharro» en mano, que con el tiempo Carusso me remitía a acordar tratos o ejecutarlos, sin necesidad de involucrarse él mismo. Iba cumpliendo años y aunque el lobo no deja de ser fiero por mucho que se agrise su pelambre y su intuición e inteligencia suplían otras carencias, sus reflejos no eran los de antaño y sabía cuándo llega el momento de echarse a un lado. Además, tenía el «Balas negras» y sus solos de trompeta, que ya no solo interpretaba a puerta cerrada. Al cumplir los sesenta comenzó a tocar frente a un grupo de habituales, más tarde, cuando corrió la voz por la ciudad de la destreza de sus labios, el local comenzó a recibir clientes que únicamente se llegaban al «Balas negras» por verlo tocar. Yo, no en pocas ocasiones, le advertí sobre el peligro de exponerse bajo un foco con la platea sombreada por la semioscuridad que reinaba durante sus actuaciones. Cualquier enemigo —obviamente, ambos los teníamos por docenas— podía escudarse entre el anonimato del abundante público que acudía y disparar cuando Carusso se encontrara inmerso en el éxtasis de la interpretación. Cierto era que ambos habíamos ido reclutando, al igual que él había hecho en su día conmigo, muchachos desharrapados que se convertían en fieles escuderos y que hubieran liquidado a cualquiera que lo hubiera intentado, pero solo un tiro hubiera bastado para finiquitar la existencia del mayor y más temido y laureado de los sicarios de Ciudad Gris.

 

      Cuando le hablaba de esa posibilidad Carusso hacía lo que siempre hacía cuando quería mostrar que estaba por encima del bien, del mal, y de la determinación de cualquiera que quisiera robarle el aliento.

      —Si alguien tiene que matarme, que sea mientras toco la trompeta. ¿No te gustaría morir tocando la trompeta? —me respondía y preguntaba, mientras acariciaba el pabellón de alguna de sus trompetas.

      —Quizá viéndote tocar a ti —le seguía la broma—. Soy consciente de que no voy a llegar a tocar la trompeta como tú y, además, ya sabes qué es lo que realmente me gustaría para mi futuro. Te quiero como a un padre, Carusso, pero no puedo hacerme viejo en el negocio. Yo siempre seré el segundo de a bordo, no me temen como a ti, en el momento en que mis facultades mengüen no va a faltar quien ponga precio a mi cabeza y, lo que es aún más importante, habrá quien quiera cobrar el pellizco.

Carusso asentía y, sin necesidad de más palabras que hicieran avanzar la conversación sobre ruedas cuadradas, comenzaba a tocar la trompeta inundando el «Balas negras» de esas melodías de jazz, influenciadas por la bossa y el soul, en las que mi mentor se sentía tan a gusto.

Después de vivir el milagro de cumplir los cuarenta había comenzado a barruntar cómo debía ser mi salida del negocio. Pocos lo lograban. Seguramente porque pocos lo hacían en su debido momento. Estiraban el chicle cuando estaba demasiado seco y se partía. No pensaba cometer ese error, sobre todo después de casarme con Greta, una de las camareras del «Balas negras» y el nacimiento de Ingrid y Nathan, los gemelos. Había encontrado lo que Carusso halló conmigo, alguien en quien volcar mis conocimientos, y no quería que éstos fueran el modo de sesgar una carótida sin hacer ruido o cómo disparar a través de un cristal, teniendo en cuenta el ángulo de variación de la bala al atravesarlo.

Un local de jazz como el «Balas negras», pero en otro lugar que no fuera Ciudad Gris, eso es lo que quería. Mi propio rincón en el jodido universo en el que sentirme feliz y a salvo, en una ciudad pequeña, al otro lado del país o del maldito planeta; poco importaba si lograba huir del eco de los disparos, de la sangre en las palmas de mis manos. Había empezado a ahorrar para ello en el preciso instante en que, tras matar a un bodeguero del sur, mientras sus hijos desayunaban en la cocina a apenas diez metros de donde degollé al pobre diablo, tomé conciencia de que mi fin, tarde o temprano, era vivir un final igual que el de aquel desventurado.

 

      —Lo dejo, Carusso. Me voy mañana mismo, al amanecer. Ya lo tengo todo preparado.

Se lo dije al final de uno de sus solos de trompeta, un jueves, día de descanso en el local. Solo estábamos, él, yo y una botella de bourbon que mediaba. Carusso había cumplido setenta y cinco hacía un par de semanas y a mí me quedaba un mes para cumplir los cuarenta y cinco, un milagro de supervivencia que no pensaba seguir prolongando.

      —Tienes a Davis y a Marlon —continué, refiriéndome a los dos jóvenes que habíamos adoptado como pupilos y que ya tenían suficiente soltura y, principalmente, crueldad, como para tomar mi relevo­—. No te dejo tirado.

Carusso se llevó la embocadura a los labios, dudó un instante, y volvió a separar la boca de la trompeta, dejándola sobre la mesa que mediaba entre ambos.

      —¿Me vas a decir adónde vas? —dijo en voz baja, sin mirarme, hubiera jurado que el relumbre de una única lágrima restalló en la comisura de sus ojos, pero no sé si el juramento sería del todo acertado. Jamás le había visto llorar. Ni siquiera podía asegurar que supiera o pudiera hacerlo.

      —No —repliqué, consiguiendo que esbozara una de esas sonrisas a las que ni la edad le había restado hielo.

      —Has sido más que un amigo, más que un pupilo.

      —Lo sé.

      —Recuérdame con cariño.

Aquella revelación me conmovió. Fue la primera vez que lo vi como un ser humano, como alguien capaz de tener sentimientos.

       —Cada vez que sople mi trompeta.

Se llevó la suya a los labios y entonó una balada triste, de candencia lenta y notas prolongadas. Yo asistí en silencio a esa actuación pensando que sería la última que disfrutaría en el «Balas negras». Qué equivocado estaba.

 

      Habían pasado cuatro años y un día, como las condenas de la cárcel, cuando en mi local de jazz, el «First Lady», ubicado en una ciudad pequeña al otro lado del país, Marlon entró y se sentó en primera fila, ignorando el cartel de reservado de la mesa, mientras Justin, un saxofonista de labios gruesos y dedos veloces, entonaba los compases iniciales del «Autum leaves».

Sorprendido, pero no tanto como para temblar, me acerqué a él y me senté al otro lado de la mesa, fingiendo una entereza que su presencia, súbita y sorpresiva, había hecho flaquear.

      —Supongo que incluso el mundo es pequeño.

      —Supongo —respondió Marlon con cierta arrogancia.

De entre Davis y Marlon, siempre había considerado a este último como la apuesta más arriesgada, nunca me había llegado a fiar del todo de él y de su desmedida codicia. Carusso empero, lo prefería precisamente por eso. Afirmaba que mientras su codicia se mantuviera equilibrada con el respeto y la certeza de que gracias a él —a nosotros, cuando yo aún vivía en Ciudad Gris— lograría un estatus que en otras circunstancias jamás hubiera ostentado, sería el secuaz perfecto.

      —¿Qué haces aquí? —pregunté sin dilación ni deseo alguno de andarme con rodeos.

      —¿En la ciudad, el barrio o tu local de jazz? Es muy bonito, sabes. Muy diferente al «Balas negras». Más luminoso. La luz azul del local de Carusso me da dolor de cabeza, ¿sabes? Joder, es insoportable. La de este garito es más cálida. No sé, más familiar. Uno aquí se siente como en casa.

Que un tipo como Marlon hubiera empleado el término «familiar» no obedecía a la casualidad. Aquella, y lo supe desde el inicio de su alocución, no era una visita de cortesía y por primera vez en mucho tiempo me sentí vulnerable. Y la culpa de que me sintiera de ese modo era esa palabra, que parecía declamada al albur; «familiar».

      —¿Qué haces aquí, Marlon? —pregunté de nuevo, alicatando mis palabras con plomo.

       —Carusso chochea, casi tiene ochenta años y sigue rigiendo el negocio como si fuera un chaval, como si fuera un tipo peligroso.

      —Carusso sigue siendo peligroso —repliqué—. Cuando esté a dos metros bajo tierra lo seguirá siendo, no lo olvides.

Marlon sonrió. No era una sonrisa como las de Carusso, pero resultó igual de intimidante.

      —Lo sé, menudo hijoputa está hecho el viejales.

      —Has perdido el respeto, Marlon.

      —¡Lo que he perdido es la puta paciencia! Estoy hasta los huevos de Carusso. Tengo a mi propia gente, mis chavales, igual que vosotros nos teníais a Davis y a mí…

      —¿Cómo está Davis? —le interrumpí.

      —Fiambre —atajó él con una frialdad que me resultó repugnante—, pero eso no es lo que me trae aquí.

      —¿Y qué te trae aquí?

      —¿Puedo pedir un trago? Una cerveza estaría bien.

      —¡No!

Sentía miedo, debo admitirlo, pero tenía que mostrar templanza; solo la frialdad y la fama de falta de escrúpulos pueden apaciguar los ánimos con tipos como Marlon. Y esa era la baza que debía jugar. Principalmente, porque no tenía otro as en la manga que ese.

      —Bueno, no importa. Mejor así, al grano —asumió.

      —Eso es.

      —Tienes que liquidar al viejo.

Sabía que eso era lo que quería, lo había sabido desde el principio, desde que se había sentado con jactancia en la primera fila de mesas. Pero escucharlo de viva voz consiguió que la sangre se espesara, gélida, en el interior de mis venas.

      —Estás como una puta cabra.

      —Puede, pero el viejo lo está aún más. Desde que te marchaste todo es diferente, no confía en nadie, siempre lleva el revólver amartillado en la cartuchera, porque sabe que ya no tiene los reflejos para sacarlo y amartillarlo antes de que el contrario dispare. Nos trata como a la mierda, como si fuera un abuelo tacaño que no quiere dar la puta paga a sus nietos. Mis muchachos y yo trabajamos y vivimos por migajas, Carusso está obsesionado con el dinero desde que te fuiste. Dice que quiere retirarse del todo, largarse de Ciudad Gris con sus putas trompetas y que necesita la pasta.

Y lo que yo necesito es que lo quites de en medio —concluyó.

      —¡Hazlo tú!

Marlon me dedicó un gesto complaciente. El muy cabrón se sentía a gusto con aquella conversación.

       —¿Y ser el tipo de mató al rey de las calles de Ciudad Gris? Ni de puta broma.

      —El que algo quiere… —dejé en el aire.

      —El que algo quiere se lo encarga a quien puede hacerlo sin repercusiones —me rebatió—. Mi idea es seguir allí, convertirme en el que tome el legado de Carusso y por eso mismo no puedo hacerlo. El viejo tiene muchos amigos en la ciudad, muchos. Si me lo llevo por delante le pondrían a mi pellejo el mismo precio que han puesto al tuyo.

En aquel momento no pude evitar reflejar mi sorpresa. Una vez me había alejado del cobijo del paraguas de Carusso era lógico pensar que alguno de los enemigos que me había granjeado a lo largo de los años me la tendría jurada. Que hubieran puesto precio a mi gaznate empero, significaba que había un acuerdo tácito entre algunos de los peces gordos de la ciudad. Tipos que si apenas lograban encontrar su polla buceando en su propia bragueta, difícilmente serían capaces de encontrarme al otro lado del país. Pero Marlon me había encontrado. El puñetero as estaba en su manga.

      —Esto es sencillo, Samuel —entonó con un volumen afable, que apenas se escuchaba entre las notas del saxo que fluían desde el escenario—. Te llegas al «Balas negras». Sabes que el viejo te quiere y que confía en ti más que en cualquiera de nosotros. Cuando estéis solos le pegas un tiro y te vuelves aquí, en paz, a seguir sumando arrugas.

¿Qué tal tus críos?

Aquella pregunta electrificó el vello de mi nuca. Podía haber estallado en aquel momento, haberle cogido por las solapas, sacado del local a empujones y pegado tres tiros entre los cubos de basura del callejón adyacente a mi local. Tuve que contenerme. No sabía si fuera esperaba alguno de sus chicos y, sobre todo, la amenaza velada sobre mis «críos» era una invitación a pensar que quizá, en aquel preciso instante, alguien podía estar cerca de mi casa, donde Greta y los chicos estarían cenando, puede que incluso ya metidos en la cama, ajenos a los ojos que, a unos metros de mi hogar, escrutaban la ventana más factible para colarse en el interior.

      —Ofrecen mucha pasta por tu pescuezo, Samuel, pero no me importa, no me interesa eso. Ni siquiera tengo el menor interés por decirle a nadie dónde estás, viviendo como si no tuvieras un pasado. No me importa, de verdad. Pero mata al jodido Carusso —finalizó, ajustándose los botones de su americana.

Tomé aire. El ambiente estaba cargado por el humo de los cigarrillos y las palabras de Marlon lo habían condensado aún más, hasta hacerlo irrespirable.

      —No tienes ni idea de lo que me estás pidiendo.

      —Claro que lo sé —rebatió—. Y lo vas a hacer. Lo vas a hacer porque no te queda otra. Porque te he encontrado. A ti y a tu familia. Y esa es una baza ganadora, y lo sabes —concluyó, con la satisfacción de quien sabe que no hay réplica posible que rebata su sentencia.

Ambos, tanto él como yo, sabíamos que no tenía otra opción.

      —El viejo es fiel a sus liturgias. Ya sabes cuándo le vas a encontrar más vulnerable —detalló al paso de unos segundos, metamorfoseados en eternidad.

      —¿Los jueves? —pregunté.

      —Sigue siendo el día de cierre del «Balas negras». Se queda con sus jodidas trompetas a dar la murga a los gatos que se asoman a la ventana que da al callejón. El viejo se alegrará de verte, habla de ti muchas veces. Al menos se alegrará hasta que saques el cacharro y pongas fin a su reinado.

Después vuelves a desaparecer, te vienes aquí, con tus conciertos, tus hijos y tu mujer, perdido en esta ciudad insignificante y si te visto no me acuerdo. Jamás diré a nadie dónde ni cómo te he encontrado. Tienes mi palabra.

      —¿Tu palabra?

      —No es papel mojado, te lo aseguro —rebatió sin ofenderse.

A nuestra espalda el público asistente al concierto rompió a aplaudir una magnífica versión de «Rapsodia in blue». Marlon palmeó la mesa, se unió a los aplausos y después se levantó ajustándose la chaqueta al cuerpo y me alargó la mano.

       —¿Trato hecho, Samuel?

       —Si después vuelvo a verte por esta ciudad seré yo el que te mate a ti —le amenacé como respuesta, afirmativa, por supuesto, no sacando de él sino un gesto de complacencia.

       —Sabía que eras el hombre adecuado. Si cumples esta será la última vez que me veas —prometió, para después recorrer el frontal del escenario con la misma calma con la que había llegado. En una pose que sin dudas pretendía imitar a la de Carusso, pero a la que le sobraba altanería.

Jenny, una de mis camareras, se acercó hasta la mesa con gesto de preocupación. Era una mujer recia, acostumbrada a lidiar con borrachos y babosos que dejaban escapar suspiros enviciados sobre su escote cada vez que les servía una cerveza. Una mujer hecha a la noche que, sin embargo, había visto en Marlon algo que le había preocupado, que trascendía de la peligrosidad habitual de los borrachos de fin de semana y las peleas, a puños o a navaja, que alguna vez se habían dado en el local.

      —¿Todo bien, jefe?

      —Todo bien.

      —¿Un viejo amigo?

      —No, no es un viejo amigo —contesté lacónico, para después regalarle una sonrisa que no logró desdibujar el gesto de preocupación que se había instalado en su rostro.

 

      Hay momentos de la vida que no merecen la pena que se procrastinen. No tenía opción alguna sobre mi futuro. De hecho, no tenía opción posible si deseaba tener futuro. Así las cosas, seis días después de la visita de Marlon me despedí a primera hora de la mañana de Greta y los chicos, y con la excusa de la visita a un amigo que pasaba sus últimas horas en el hospital de Ciudad Gris —una realidad envuelta en el papel de estraza con el que se velan las mentiras que tememos desvelar— crucé el país de lado a lado, de camino a la ciudad a la que me había jurado no regresar.

 

      Alcancé el «Balas negras» cuando el sol había cedido el testigo a una luna llena, gorda y presumida, en su puntual derrota diaria. Aparqué dos manzanas al sur y me llegué hasta el local sabiendo que, a pesar de ser el día de descanso del personal, la puerta que daba al callejón por donde se sacaba la basura, las botellas vacías y a los borrachos, estaría abierta.

El sonido habitual que recordaba de los solos de Carusso, con notas desgajadas y prolongadas, una octava por encima de lo habitual, como si quisiera mostrar que hasta en la música era capaz de elevar su presencia por encima del resto, me llegó nítido en el preciso momento en que abrí la puerta y pasé al local por detrás. La penumbra de los días de cierre se extendía bruna, como un mal presagio, por los almacenes anexos al bar y sala principal, donde la habitual luz azulada iluminaba el escenario.

Desde el almacén de bebidas se accedía directamente al interior de la barra y antes de asomar a la puerta, donde la luz superior de la barra me anunciaría, extendiendo mi sombra sobre el resplandor tenue que se extendía desde la barra hacia la sala, me detuve para recolocar el revólver con el que pensaba culminar mi traición aferrado al cinturón por la espalda. Un hombre como Carusso, acostumbrado a escrutar la vestimenta de cualquiera que pudiera ocultar un arma, era capaz de identificar el más mínimo relieve. Una deformación profesional que no podía evitar ni entre los más cercanos, entre aquellos que no suponían una amenaza para él; si es que un hombre como Carusso podía permitirse el lujo de confiar en alguien hasta ese punto. Mi visita era la prueba inequívoca de que no era así.

 

      El solo de trompeta se detuvo suavemente cuando mi silueta apareció recortada por la luz de la barra, evidencia de que, aunque no esperaba llegada alguna, no iba a conceder la satisfacción a la inesperada visita que yo representaba, de interrumpir la serenata súbitamente, mostrando sorpresa o vulnerabilidad.

      —Samuel —dijo con su voz de anciano, rasgada y melosa, después de apartarse la embocadura de los labios y depositar su trompeta sobre las piernas—. Samuel, mi buen Samuel. Vaya sorpresa —sumó, con un tono de voz más propio de un abuelo que ve llegar a su nieto tras un largo tiempo sin verlo, y anhela el abrazo del reencuentro que dé sentido a las sístoles de un corazón que se limita a latir por costumbre.

      —Sigues siendo un espectáculo sobre el escenario —le adulé, mientras recogía una copa de las muchas que pendían, boca abajo, sobre la barra y me servía una cerveza del tirador—. ¿Quieres una?

Carusso negó con la cabeza. Su sonrisa de lobo, aquella que recordaba impresa perenne en sus labios y que había alumbrado muchas de mis peores pesadillas durante mis primeros años a su lado, había demudado en un gesto nostálgico, embadurnado por la melancolía que embarra los sentimientos anclados en secuencias pretéritas; recuerdos que componen la base de la nostalgia a la que nos aferramos cuando poco nos queda más que el rememorar tiempos mejores.

Atravesé la barra y salí a la sala exterior regalando un beso a la copa de cerveza que me dejó un dedo de espuma impreso sobre el labio superior. Lo recogí con el dedo índice de la mano derecha y me lo llevé a los labios. El sabor de la espuma me dejó impreso en el paladar un sabor amargo, demasiado amargo. Quizá una señal del destino que no supe interpretar…

 

      Sujetaba la cerveza a la altura del vientre y la bala, antes de alcanzarme el estómago, atravesó la copa de cristal, provocando una explosión de cristales, espuma y gotas doradas, que se elevaron ante mí y mi atónita expresión de estúpido. Trastabillé hacia atrás, hasta que mi espalda golpeó la barra y me deslicé, apoyando el codo sobre ella, para evitar desplomarme completamente. Al elevarme de nuevo el revólver que ocultaba en la espalda, aferrado levemente en el cinturón, para que fuera más sencillo extraerlo, cayó con estrépito al suelo. No obstante, poco importaba ya. Confundido, miré hacia el escenario y una nueva sacudida, en forma de disparo, me alcanzó en el mismo lugar en el que lo había hecho el primer y acertado proyectil: el estómago.

Una densa y cálida detonación se abrió paso en mi interior, extendiendo el fuego a mordiscos por mis entrañas. Al otro lado de la sala, sobre el escenario, aún con la trompeta sobre las piernas, Carusso continuaba apuntándome con su revólver. Del cañón emergía una fina y serpenteante hilera de humo denso, que la luz del escenario azulaba de una forma bella y elegante. Parecía una de esas fotografías de gánsteres que anunciaban las obras de teatro del centro de la ciudad, donde la gente pagaba por ver interpretaciones que realmente se daba en calles que jamás visitarían.

      

      Logré alcanzar una de las que rodeaban las mesas más extremas del local y me derrengué sobre ella, dejando, en el preciso momento en que me apoyé sobre las lamas que componían el respaldo de la silla, varios regueros de sangre negra y espesa descendiendo por detrás. Mi vientre, notablemente abultado desde que había comenzado mi vida fuera del plomo al otro lado del país, se había convertido en una ensalada de sangre y carne sonrosada, que se asomaba volteada por los dos orificios que habían dejado, a apenas tres centímetros de distancia el uno del otro, los sendos disparos que Carusso y su endiablada puntería a pesar de la edad, habían acertado en mi vientre.

Sabía por qué me había disparado en el estómago, cuando podía haber acertado a esa distancia en el pecho o en la cabeza, finiquitando el fugaz encuentro en apenas unos segundos. Un disparo en el abdomen, aún más si son dos, es una muerte segura que, sin embargo, concede unos minutos de lucidez hasta que la sangre emerge a borbotones por la garganta, los pulmones se encharcan y el corazón no logra bombear los coágulos que se forman en el torrente sanguíneo. Lo que no alcanzaba a comprender era el motivo por el que lo había hecho sin saber aún la amenaza que yo representaba para él, aunque podía intuirlo. Un precio elevado, eso es lo que habían puesto a mi cabeza cuando me había marchado de Ciudad Gris, desapareciendo para siempre sabiendo nombres, apellidos, cargos y asesinatos pactados, de algunos de los hombres más pudientes de la más podrida de las urbes del país. Marlon no me había llegado a decir la cantidad exacta, pero debía ser elevada para que Carusso, casi mi padre, hubiera pergeñado todo aquello para darme caza. Sabía que mi cabeza corría peligro desde que salí del resguardo de su alero, lo que jamás hubiera pensado era que fuera el hombre que había sujetado durante décadas el paraguas que me protegía el que me fuera a dejar exánime a merced de los buitres.

      —Supongo que es mucho dinero el que dan por mí —musité, con mi voz estentórea reverberando en el vacío del local.

Carusso lloraba, y le odié por eso, le odié con todas mis fuerzas. Era la primera vez en mi vida que lo veía llorar abiertamente, sin contener el flujo de lágrimas que caían lentas y amalgamadas por un rostro cadavérico, como de quien muere en vida.

      —No es poco, pero no es por el dinero. Aunque no voy a engañarte, lo cobraré —anunció, dejando el revólver con el que me había sentenciado sobre el suelo, para volver a agarrar con ambas manos su trompeta.

      —Iba a matarte —confesé.

      —Lo sé —respondió.

Y al hacerlo, al comprender qué era lo que estaba dispuesto a hacer cuando había regresado al «Balas negras», asumí la sinceridad de aquellas lágrimas que daban lustre a su piel apergaminada. Era yo el que sufría el dolor físico, pero igual de terrible debía ser el emocional.

       —Te encontraron por mera casualidad —comenzó a hablar en voz baja, casi un susurro—. Tenías que montar un puñetero local de jazz, no podías haber elegido otro negocio, un local de jazz —se lamentó—. Cuando me dijeron que te habían encontrado y el precio que se había puesto a tu cabeza pedí a mis chicos que te protegieran, que eras como un hijo, pero Marlon me dijo que hasta un hijo traiciona a su padre dado el caso. Lo negué, le dije que era imposible.

Él me dijo que en caso de que fuera su familia o yo no dudarías, no huirías de nuevo para burlar a la parca sin tener que elegir, ni volverías para prevenirme. Que me matarías sin pensarlo demasiado.

Lo creí imposible y cerré el acuerdo. Marlon iría a tu local y te situaría en la tesitura de tener que elegir qué hacer. En caso de que huyeras volverías a estar libre, podías haber empezado de nuevo en otra ciudad con Greta y tus chicos, pero si me traicionabas cobraríamos tu precio. A fin de cuentas, esto es un negocio, siempre lo ha sido —asumió con melancólica resignación.

      —¿Estarán bien? ¿Greta y mis hijos estarán bien? —logré articular.

Carusso se encogió de hombros.

      —Nadie da nada por ellos, así que supongo —replicó, volviendo a ser el hijo de puta frío y cruel que siempre había sido—. No es algo que me importe, la verdad.

Fui yo el que sonrió en aquella ocasión, sabía que Greta y los muchachos estarían bien, incluso hubiera apostado a que él mismo se encargaría de que así fuera. De mis labios emergió una bocanada de sangre oscura, de las que brotan desde las entrañas, que me tiñó de grana la barbilla.

      —Esto se acaba, Samuel —anunció Carusso, como si yo no fuera consciente de la inminencia de mi fin—. ¿Recuerdas cuando hablamos de que una forma de morir amable sería mientras toco mi saxo en este escenario? Ha pasado mucho tiempo desde que hablamos de ello, ¿lo recuerdas?

Asentí con la cabeza y tuve que hacer acopio de unas fuerzas que ya no poseía para volver a alzar la vista, para poder, a través de una neblina caliginosa, contemplar a Carusso sobre el escenario con su trompeta entre las manos.

       —Me dijiste que aún sería mejor morir escuchando uno de mis solos —sentenció sin añadir una sola palabra más, llevándose la embocadura de su trompeta dorada a los labios, mientras continuaba llorando. Era como si las lágrimas que se había negado a derramar durante toda su vida hubieran encontrado un resquicio en el dique por donde escapar y fueran a fluir hasta agotarse completamente.

Yo me dejé llevar y mis últimos suspiros, entrecortados y leves, se elevaron en el aire mecidos por el último solo de trompeta que pude disfrutar en el «Balas negras», de los labios de Carusso.

 

      No pude sino sentir agradecimiento por aquel final, por aquel hombre que me había recogido de la calle y dado todo cuanto tenía, incluso un fin con el que ya había fantaseado en el pasado. Tenía razón, podía haber huido cuando Marlon llegó al local y amenazó a mi familia si no me encargaba de Carusso. Quizá acepté porque deseaba hacerlo, porque muy por dentro un alumno siempre desea superar al mentor, y en nuestro caso, en el oficio, solo hay una manera de hacerlo.

Una escala lenta en mitad del solo se llevó mi último aliento y la certeza de que escuchar un experimentado solo de trompeta era la forma perfecta de concluir una historia, un libro, una vida, una traición que moría sin saber si había sido suya… o mía.

 

 

 

 

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